Falacias comunes

Además de enseñamos qué hacer
cuando evaluamos una de­claración de conocimiento, un buen equipo de detección
de came­los también debe enseñamos qué no hacer. Nos ayuda a reconocer
las falacias más comunes y peligrosas de la lógica y la retórica. Se pueden
encontrar muchos buenos ejemplos en religión y política, porque sus
practicantes a menudo se ven obligados a justificar dos proposiciones
contradictorias. Entre esas falacias se encuentran:

ad hominem: latín «contra el
hombre», atacar al que discute y no a su argumentación (p. ej.: El
reverendo doctor Smith es un conoci­do fundamentalista de la Biblia, por lo que
sus objeciones a la evo­lución no deben tomarse en serio);

argumento de
autoridad (p. ej.: El presidente Richard Nixon debería ser reelegido porque
tiene un plan secreto para terminar la guerra en el sudeste de Asia…

pero, como era secreto, el elec­torado no tenía ninguna manera de evaluar sus
méritos; el argu­mento equivalía a confiar en él porque era presidente: craso
error, como se vio);

argumento de
consecuencias adversas (p. ej.: Debe existir un Dios que dé castigo y
recompensa porque, si no, la sociedad sería mucho más ilegal y peligrosa, quizá
incluso ingobernable.[1]
O: El acusado en un juicio de asesinato con mucha publicidad recibió el
veredicto de culpable; en otro caso, habría sido un incentivo para que otros
hombres matasen a sus esposas);

llamada a la
ignorancia; la declaración de que todo lo que no ha sido demostrado debe ser
cierto, y viceversa (es decir: No hay una prueba irresistible de que los
ovnis no estén visitando la Tierra; por tanto, los ovnis existen… y hay vida
inteligente en todas partes en el universo.
O: Puede haber setenta mil
millones de otros mun­dos pero, como no se conoce ninguno que tenga el avance
moral de la Tierra, seguimos siendo centrales en el universo.)
Esta
impaciencia con la ambigüedad puede criticarse con la frase: la au­sencia de
prueba no es prueba de ausencia;

un argumento
especial, a menudo para salvar una proposición en un problema retórico profundo
(p. ej.: ¿Cómo puede un Dios com­pasivo condenar al tormento a las
generaciones futuras porque, contra sus órdenes, una mujer indujo a un hombre a
comerse una manzana? Argumento especial: no entiendes la sutil doctrina del li­bre
albedrío.
O: ¿ Cómo puede haber un Padre, Hijo y Espíritu San­to
igualmente divinos en la misma persona? Argumento especial: no entiendes el
misterio divino de la Santísima Trinidad.
O: ¿Cómo po­día permitir Dios
que los seguidores del judaísmo, cristianismo e is­lam —obligados cada uno a su
modo a medidas heroicas de amabi­lidad afectuosa y compasión— perpetraran tanta
crueldad durante tanto tiempo? Argumento especial: otra vez, no entiendes el
libre albedrío. Y en todo caso, los caminos de Dios son misteriosos);

pedir la
pregunta, llamado también asumir la respuesta (p. ej.: Debemos instituir la
pena de muerte para desalentar el crimen vio­lento.
Pero ¿se reduce la tasa
de delitos violentos cuando se impone la pena de muerte? O: El mercado de
acciones sufrió ayer una caí­da debido a un ajuste técnico y la retirada de
beneficios por los in­versores…
pero ¿hay alguna prueba independiente
del papel causal del «ajuste» y retirada de beneficios; nos ha enseñado algo
esta ex­plicación implícita?);

selección de
la observación, llamada también enumeración de circunstancias favorables o,
como lo describió Francis Bacon, con­tar los aciertos y olvidar los fallos[2]
(p. ej.: Un Estado se jacta de los presidentes que ha tenido, pero no dice
nada de sus asesinos en serie);

estadísticas
de números pequeños, pariente cercano de la selec­ción de la observación (p.
ej.: «Dicen que una de cada cinco perso­nas es china. ¿Cómo es posible? Yo
conozco cientos de personas" y ninguna de ellas es china. Suyo
sinceramente.»
O: He sacado tres sietes seguidos. Esta noche no puedo
perder»);


incomprensión de la naturaleza de la estadística (p. ej.: El presi­dente
Dwight Eisenhower expresa asombro y alarma al descubrir que la mitad de los
americanos tienen una inteligencia por debajo de la media);


inconsistencia (p. ej.: Prepararse con toda prudencia para lo peor de que sea
capaz un adversario militar potencial, pero ignorar las proyecciones
científicas en peligros medioambientales para aho­rrar porque no están
«demostrados». O atribuir el descenso de la es­peranza de vida en la antigua
Unión Soviética a los defectos del co­munismo hace muchos años; pero no
atribuir nunca la alta tasa de mortalidad infantil de Estados Unidos (ahora la
más alta de las prin­cipales naciones industriales) a los defectos del
capitalismo. O con­siderar razonable que el universo siga existiendo siempre en
el fu­turo, pero juzgar absurda la posibilidad de que tenga una duración infinita
hacia el pasado);

non
sequitur:
«no sigue», en latín (p. ej.: Nuestra
nación prevale­cerá porque Dios es grande.
Pero casi todas las naciones
pretenden que eso es cierto; la formulación alemana era: «Gott mit uns»),
A menudo, los que caen en la falacia non sequitur es simplemente que no
han reconocido posibilidades alternativas;

post
hoc, ergo propter hoc:
en latín, «después de
esto, luego a consecuencia de esto» (p. ej.: Jaime Cardinal, arzobispo de
Manila:

«Conozco… a una mujer de veintiséis años
que parece tener sesen­ta porque toma pildoras {anticonceptivas}.»
 O: Cuando las mujeres no votaban, no había
armas nucleares);

pregunta sin
sentido (p. ej.: ¿Qué ocurre cuando una fuerza irre­sistible choca con un
objeto inamovible?
Pero si existe algo así como una fuerza irresistible no
puede haber objetos inamovibles, y viceversa);

exclusión
del medio o falsa dicotomía: considerar sólo los dos ex­tremos en un continuo
de posibilidades intermedias (p. ej.: «Sí, cla­ro, ponte de su parte; mi
marido es perfecto; yo siempre me equi­voco.»
O: «El que no quiere a su
país lo odia.»
O: «Si no eres parte de la solución, eres parte del
problema»);

corto plazo
contra largo plazo: un subgrupo de la exclusión del medio, pero tan importante
que lo he destacado para prestarle aten­ción especial (p. ej.: No podemos
emprender programas para ali­mentar a los niños desnutridos y educar a los
preescolares. Se ne­cesita tratar con urgencia el crimen en las calles.
O: ¿Por
qué explorar el espacio o seguir la ciencia fundamental cuando tene­mos un déficit
de presupuesto tan enorme?);

terreno resbaladizo, relacionado con la exclusión del medio (p. ej.:

Si permitimos el aborto en las primeras
semanas de embarazo, será imposible impedir la muerte de un bebé formado.
O al contrario: Si el Estado
nos prohíbe abortar aunque sea en el noveno mes, pron­to nos empezará a decir
lo que tenemos que hacer con nuestro cuerpo en el momento de la concepción);

confusión de
correlación y causa (p. ej.: Una encuesta muestra que hay más homosexuales
entre los licenciados universitarios que entre los de menor educación; en
consecuencia, la educación hace homosexual a la gente.
O: Los terremotos
andinos están correla­cionados con aproximaciones más cercanas del planeta
Urano; en consecuencia —a pesar de la ausencia de una correlación así para el
planeta más cercano y más imponente, Júpiter—, lo segundo causa lo primero
[3]

hombre de
paja: caricaturizar una postura para facilitar el ataque (p. ej.: Los
científicos suponen que los seres vivos se formaron jun­tos por casualidad,

una formulación que ignora deliberadamente la principal idea darwiniana: que la
naturaleza avanza conservando lo que funciona y descartando lo que no. O, y eso
también es una falacia a largo/corto plazo, los defensores del medio
ambiente se preocupan más por los caracoles y los buhos moteados que por las personas);

prueba
suprimida, o media verdad (p. ej.: Aparece en televisión una «profecía»
sorprendentemente precisa y ampliamente citada del in­tento de asesinato del
presidente Reagan, pero —detalle importan­te— ¿fue grabada antes o después del
acontecimiento? O: Estos abu­sos del gobierno exigen una revolución, aunque
sea imposible hacer una tortilla sin romper antes los huevos.
Sí, pero ¿en
esta revolución morirá más gente que con el régimen anterior? ¿Qué sugiere la
expe­riencia de otras revoluciones? ¿Son deseables y en interés del pueblo
todas las revoluciones contra regímenes opresivos?

palabras
equívocas (p. ej.: La separación de poderes de la Consti­tución de Estados
Unidos especifica que este país no puede entrar en guerra sin una declaración
del Congreso. Por otro lado, los pre­sidentes tienen el control de la política
exterior y la dirección de las guerras, que son herramientas potencialmente
poderosas para con­seguir la reelección. Los presidentes de cualquier partido
político podrían verse tentados por tanto a disponer guerras mientras levan­tan
la bandera y llaman a las guerras otra cosa: «acciones de policía»,
«incursiones armadas», «golpes reactivos de protección», «pacificación», «salvaguarda
de los intereses americanos», y una gran variedad de «operaciones», como las de
la «Operación Causa Justa». Los eufemismos para la guerra forman parte de una
gran clase de reinvenciones del lenguaje con fines políticos. Talleyrand dijo:
«Un arte importante de los políticos es encontrar nombres nuevos para
instituciones que bajo sus nombres viejos se han hecho odiosas al pueblo»).

Conocer la
existencia de esas falacias retóricas y lógicas completa nuestra caja de
herramientas. Como todas las herramien­tas, el equipo de detección de camelos
puede usarse mal, aplicarse fuera de contexto o incluso emplearse
rutinariamente como alterna­tiva al pensamiento. Pero, si se aplica con juicio,
puede marcar toda la diferencia del mundo, y nos ayuda a evaluar nuestros
propios ar­gumentos antes de presentarlos a otros.


[1] Una formulación más cínica del historiador romano
Polibio:

Como las masas del pueblo son
inconstantes, plagadas de deseos desen­frenados e indiferentes a las
consecuencias, se las debe llenar de terror para man­tener el orden. Los
antiguos hicieron bien, por tanto, en inventar los dioses y la creencia en el
castigo después de la muerte.

[2] Mi ejemplo favorito es esta historia que se contaba
del físico italiano Enrico Fermi cuando, recién llegado a las costas
americanas, se enroló en el «Pro­yecto Manhattan» de armas nucleares y se
encontró cara a cara en plena segunda guerra mundial con los almirantes
estadounidenses:

Fulano de tal es un gran general, le dijeron. ¿Cuál es la definición
de un gran general?, preguntó Fermi corno era típi­co en él.

Se supone que es un general que ha ganado muchas batallas consecu­tivas.

¿Cuántas?

Después de sumar y restar un
poco, se fijaron en cinco.

¿Qué fracción de generales americanos son grandes?

Después de sumar y restar un poco más, se fijaron en un pequeño tanto
por ciento.

Pero imaginemos, replicó Fermi, que no existe algo así como un gran ge­neral,
que todos los ejércitos son iguales y que ganar una batalla es puramente un
asunto de posibilidades. Entonces, la posibilidad de ganar una batalla es una
de dos, o 1/2, dos batallas 1/4, tres 1/8, cuatro 1/16, y cinco batallas
consecutivas 1/32… que es cerca del tres por ciento. Es lógico esperar
que un pequeño tanto por ciento de generales americanos venzan en cinco
batallas consecutivas, por pura ca­sualidad. Ahora bien, ¿alguno ha ganado diez
batallas consecutivas?…

[3] O: Los niños que miran programas de televisión
violentos tienden a ser más violentos de mayores. Pero ¿es la televisión lo que
causa la violencia, o es que los niños violentos disfrutan preferentemente
viendo programas violentos? Es muy probable que los dos enunciados sean verdad.
Los defensores comerciales de la violencia en la televisión arguyen que
cualquier persona puede distinguir entre televisión y realidad. Pero el
promedio actual de los programas infantiles de los sá­bados por la mañana es de
veinticinco actos violentos por hora. Cuando menos, eso insensibiliza a los
niños pequeños ante la agresión y la crueldad sin ton ni son. Y, si
pueden implantarse recuerdos falsos en los cerebros de adultos impresionables,
¿qué estamos implantando en las mentes de nuestros hijos cuando los exponemos a
unos cien mil actos de violencia antes de que acaben la escuela elemental?

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About keithcoors_00

Yo soy yo. Creo que no hay otro. Crítico social. Terrícola por nacimiento y convicción (ésta última la más importante). Mexicano por accidente pero orgulloso de serlo. Escéptico, agnóstico, científico, cáustico, irónico, sarcástico, estocástico y otros calificativos esdrújulos Apariencia aparentemente engañosa, pero consistente. Promotor de proyectos de energía renovable.

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